Ana Karenina
Ana Karenina Aquel silencio era tan penoso para los dos que por los labios de Oblonsky pasó un temblor dolorido. Sin apartar la mirada del rostro de Karenin, continuaba callando.
–Eso es lo único que puedo decir –habló Alexey Alejandrovich volviendo la cabeza.
–SÃ, sà –dijo Esteban Arkadievich, sin fuerzas para contestar, sintiendo que los sollozos se agolpaban a su garganta–. SÃ, sÃ, lo comprendo… –pronunció al fin.
–Deseo saber lo que ella quiere –repuso Karenin.
–Temo que ella misma no comprenda su propia situación. Ahora no puede ser juez… Está consternada… sÃ, consternada por tu grandeza de alma… Si lee esta carta, no sabrá qué decir, salvo inclinar la cabeza con más humillación aún.
–SÃ, mas, ¿qué puedo hacer entonces? ¿Cómo explicar… ? ¿Cómo saber lo que quiere?
–Si me permites exponerte mi opinión, creo que depende de ti adoptar las medidas que encuentres necesarias para resolver esta situación.
–¿De modo que crees que hay que acabar con este estado de cosas? –interrumpió Karenin–. Pero ¿cómo? –añadió, pasándose la mano ante los Ojos, con ademán insólito en él–. No veo salida posible.