Ana Karenina
Ana Karenina –Todas las situaciones tienen salida –afirmó Esteban Arkadievich, levantándose, animado ya–. Hubo un momento en que tú quisiste romper… Si estás convencido de que es imposible haceros mutuamente dichosos…
–La felicidad puede comprenderse de diferentes modos… Pero supongamos que estoy conforme con todo y que no quiero nada. ¿Qué salida puede tener nuestra situación?
–¿Quieres saber mi opinión? –repuso Esteban Arkadievich, con la misma sonrisa de aceite de almendras que empleara al hablar con Ana.
Y aquella sonrisa era tan persuasiva y bondadosa que, notando involuntariamente su propia debilidad, Alexey Alejandrovich, sugestionado por ella, se sintió dispuesto a creer cuanto le dijera su cuñado.
–Ana no lo dirá nunca –continuó Oblonsky–. Pero sólo hay una salida posible; sólo hay algo que ella puede desear. Y es la interrupción de vuestras relaciones y de los recuerdos unidos a ellas. Creo que en vuestra situación es preciso aclarar las ulteriores relaciones recÃprocas, relaciones que sólo pueden establecerse basándose en la libertad de ambas partes.
–O sea el divorcio ––dijo, con repugnancia, Karenin.