Ana Karenina

Ana Karenina

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«¡Dios mío, Dios mío, qué terrible castigo!», pensaba Karenin recordando los detalles sobre el modo de plantear el divorcio cuando el marido se achacaba la culpa.

Y, con el mismo ademán con que Oblonsky se ocultaba el rostro, escondió él el suyo entre las manos.

–Estás conmovido; lo comprendo… Pero, si lo piensas bien…

«Al que te hiere la mejilla izquierda, preséntale la derecha; al que te quite el caftán, dale la camisa», recordó Alexey Alejandrovich.

–Bien –exclamó con voz aguda– tomaré toda la responsabilidad sobre mí… Hasta les daré mi hijo… Pero ¿no valdría más dejarlo todo como está? En fin, haz lo que quieras…

Y volviéndose de espaldas a su cuñado a fin de que éste no le pudiese ver, se sentó en una silla cerca de la ventana. Sentía una gran amargura y una profunda vergüenza, pero junto con aquella vergüenza y aquella amargura, se sentía enternecido y gozoso por su propia humildad tan elevada.

–Créeme, Alexey Alejandrovich, Ana apreciará mucho tu bondad. Pero se ve que ésta era la voluntad divina –añadió.

Y una vez que hubo dicho tales palabras, se dio cuenta de que eran una tontería, y apenas pudo contener una sonrisa pensando en su propia necedad.


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