Ana Karenina
Ana Karenina –Piensa usted contraer matrimonio y acaso Dios le conceda descendencia, ¿no es eso? Pues, ¿qué educación podrá dar a sus hijos si no vence la tentación del diablo que le arrastra a la incredulidad? –dijo con dulce reproche–. Si quiere usted a sus hijos, como buen padre, deseará para ellos no sólo las riquezas, el lujo y los honores, sino también la salvación, la clarividencia espiritual en la luz de la verdad. ¿No es esto? ¿Y qué contestará a sus inocentes hijos cuando le pregunten: «Papá, ¿quién ha creado todo lo que he hallado en este mundo, la tierra, las aguas, el sol, las flores, las plantas?». ¿Por ventura les dirá usted: «No lo sé»? Usted no puede ignorar lo que el Señor, en su gran bondad, le revela. También pueden preguntarle sus hijos: «¿Qué me espera en la vida futura después de morir?». Y ¿qué contestará usted si lo ignora todo? ¿Qué les dirá? ¿Va a entregarles a la seducción del mundo y del diablo? ¡Eso serÃa un grave mal!
Y el sacerdote, inclinando la cabeza a un lado, calló, mirando a Levin con sus ojos dulces y bondadosos.
Levin no contestaba nada, no ya por no querer entrar en discusiones con el sacerdote, sino porque nadie le habÃa hecho nunca preguntas asà y pensaba que para cuando su hijo se las formulase, ya habrÃa tenido él tiempo de resolver lo que debÃa contestar.
El sacerdote continuó: