Cuentos populares
Cuentos populares El claro disco del sol que se filtraba a través de la neblina blanca y lechosa se había remontado bastante alto; el horizonte, de un gris violáceo, se ensanchaba poco a poco y, aunque mucho más lejos que antes, no dejaba de estar limitado por la blanca barrera engañosa de la niebla.
Ante nosotros, más allá del bosque talado, se abría una pradera bastante grande, en la que se elevaba por todos lados el humo negro, blanco lechoso o violáceo de las hogueras y capas de niebla que formaban extrañas figuras. A lo lejos, aparecían, de cuando en cuando, grupos de tártaros montados y se oían los disparos poco frecuentes de nuestras carabinas y de nuestros fusiles y cañones.
«Esto no era más que un juego», según decía nuestro bondadoso capitán Jlopov.
El comandante de la novena compañía de cazadores se acercó a mis cañones y, señalando tres jinetes tártaros que pasaban junto al bosque, a una distancia de unas seiscientas sajenas de nosotros, con esa afición que suelen tener los oficiales de infantería a los disparos de la artillería, me rogó que les enviase una bala de cañón o una granada.