Cuentos populares

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En la lejanía, llevada por el viento, se levantaba una creciente nube de humo azulado. Cuando comprendí que el disparo del enemigo iba dirigido contra nosotros, todo lo que tenía ante mis ojos en aquel momento adquirió un aspecto nuevo e imponente. Los fusiles en pabellón, el humo de las hogueras, el cielo azulado, las verdes cureñas y el moreno rostro bigotudo de Nikkolaiev, todo me decía que el obús que había salido de la boca del cañón y que volaba por el espacio tal vez se dirigía a mi pecho.

—¿De dónde ha cogido usted el vino? —pregunté negligentemente a Boljov, mientras que en el fondo de mi alma dos voces hablaban con la misma claridad; una decía: «Señor, recibe mi alma en paz». Y la otra: «Espero no agacharme y sonreír en el momento en que pase el obús».

En aquel instante, algo pasó por encima de nuestras cabezas produciendo un silbido muy desagradable, y el obús estalló a dos pasos de allí.

—Si yo fuese Napoleón o Federico —dijo Boljov, volviéndose hacia mí con sangre fría— seguramente diría alguna frase grande.

—La acaba usted de decir —repliqué, ocultando con dificultad la inquietud que me había producido el peligro pasado.

—Nadie anotará lo que he dicho.

—Yo lo haré.


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