Cuentos populares
Cuentos populares El recluta, por su falta de costumbre, inclinaba la cabeza hacia un lado y estiraba el cuello a cada bala que pasaba, lo que también hacÃa reÃr a los demás soldados.
—¿Por qué la saludas? ¿Es que la conoces? —le decÃan.
Hasta Velenchuk, siempre sereno ante el peligro, se hallaba en un estado de ánimo alterado: al parecer, le irritaba que no respondiésemos con metralla a los disparos del enemigo. Varias veces dijo, con voz que denotaba su descontento:
—¿Vamos a dejar que él dispare contra nosotros sin más ni más? Si volviésemos hacia allá el cañón y los barriésemos con metralla, no os preocupéis, dejarÃan de disparar.
En efecto, habÃa llegado el momento de hacerlo: di orden de disparar la última granada y de cargar con metralla.
—¡Metralla! —exclamó Antonov, con bravura, acercándose envuelto en humo al cañón con un escobillón en la mano, en cuanto hubimos hecho la primera descarga.