Cuentos populares
Cuentos populares Ninguno de los soldados que cargaba el cañón pronunció una palabra; sólo el recluta murmuró algo así como: «Hay que ver cuánta sangre», y Antonov, frunciendo el ceño, rezongó enojado; pero, por todo, se veía perfectamente que la idea de la muerte acudió a todos nosotros. Todos continuaron cumpliendo su deber con más diligencia. El cañón quedó cargado en un instante; al traer la metralla, el polvorista dio un rodeo al lugar en el que yacía el herido, que continuaba quejándose.