Cuentos populares

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VIII

Todos cuantos han tomado parte en un combate habrán experimentado probablemente ese extraño sentimiento de horror, nada lógico pero invencible, que produce el lugar donde alguien ha caído muerto o herido. Los soldados de mi sección se dejaron dominar visiblemente por este sentimiento, cuando tuvieron que levantar a Velenchuk y transportarlo al coche de la ambulancia que había llegado. Jdanov se acercó al herido con aire enojado y, sin hacer caso de sus gritos, que iban en aumento, lo asió por debajo de los brazos y lo incorporó.

—¿Qué esperáis? ¡Cogedlo! —gritó.

Inmediatamente rodearon al herido unos diez soldados que se prestaron a ayudar aunque no hacían falta.

Apenas lo movieron, Velenchuk empezó a debatirse y a gritar terriblemente.

—¿Por qué chillas como una liebre? —exclamó Antonov con brutalidad, sujetándolo por un pie—. Si no callas, te abandonaremos.

El herido calló; sólo de cuando en cuando decía:

—¡Oh, es la muerte, hermanos!

Cuando lo instalaron en el coche, incluso dejó de lamentarse y oí que hablaba con sus compañeros en voz baja, aunque inteligible.


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