Cuentos populares

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En las batallas a nadie le gusta ver a un herido; instintivamente me alejé de aquel espectáculo. Ordené que llevaran pronto a Velenchuk al puesto de socorro y me acerqué a los cañones. Pero, al cabo de unos momentos, me dijeron que Velenchuk me llamaba y me dirigí al coche.

El herido yacía en el fondo de éste, agarrándose con ambas manos a los bordes. Su ancho y saludable rostro había cambiado por completo en unos segundos: parecía que había adelgazado y envejecido varios años; sus labios estaban delgados, exangües y apretados con visible esfuerzo; la expresión torpe de su mirada se había trocado en un momento en un brillo sereno y claro, y se percibía la huella de la muerte en su frente y en su nariz ensangrentadas.

A pesar de que el menor movimiento le producía insoportables dolores, pidió que le quitaran de la pierna el cheres (bolsita que los soldados llevan generalmente atada debajo de la rodilla) con el dinero.

Me produjo una impresión dolorosa ver su pierna blanca y sana, cuando le quitaban la bota y le desataban el cheres.

—Aquí hay tres rublos y cincuenta kopecks —me dijo en cuanto cogí el cheres—. Guárdeselos.

El coche se puso en marcha, pero Velenchuk lo detuvo.


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