Cuentos populares

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Mientras nosotros, los artilleros, nos afanábamos junto a los cañones disponiendo los armones y los avantrenes, la infantería había colocado los fusiles en pabellón y encendido las hogueras, y después de construir barracones con ramas y con hojas de maíz, preparaba la kasha.

Comenzaba a oscurecer. Se deslizaban por el cielo nubes de un blanco azulado. La niebla, que se había transformado en una ligera calina, mojaba la tierra y los capotes de los soldados; el horizonte se iba estrechando y los alrededores adquirían un tinte sombrío. La humedad, que penetraba a través de mis botas, el incesante movimiento, la conversación en la que tomaba parte, el fango pegajoso en que se me hundían los pies, y mi estómago vacío, me pusieron en un estado de ánimo triste y desagradable después de un día de cansancio físico y moral. No podía dejar de pensar en Velenchuk. La sencilla historia de su vida de soldado perseguía mi imaginación.

Sus últimos momentos fueron tan serenos como toda su vida. Había vivido con excesiva honradez y de un modo demasiado sencillo para que su fe ingenua en la vida futura, en la vida celestial, pudiera quebrantarse en el momento decisivo.

—Señor —me dijo Nikolaiev, acercándose—. El capitán le invita a tomar el té.


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