Cuentos populares

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Abriéndome paso con dificultad entre los pabellones de fusiles y las hogueras, me dirigí, en pos de Nikolaiev, a la tienda de Boljov, pensando con placer en un vaso de té caliente y en una alegre charla que disipara mis pensamientos sombríos.

—Qué, ¿has dado con él? —preguntó Boljov desde la tienda, construida con hojas de maíz, en la que brillaba una lucecita.

—¡Aquí lo traigo, mi capitán! —contestó Nikilaiev con su voz de bajo.

Boljov estaba sentado en la choza sobre un capote de fieltro seco, con el uniforme desabrochado y sin gorro. Junto a él hervía el samovar y había unos bocadillos colocados en un tambor. Una bayoneta, en cuyo mango ardía una vela, estaba clavada en la tierra.

—¿Qué le parece? —exclamó Boljov con aire de satisfacción, dirigiendo una mirada a la confortable estancia.

Se estaba tan bien en aquella choza que no tardé en olvidar la humedad, la oscuridad y la herida de Velenchuk. Hablamos de Moscú y de cosas que no tenían nada que ver con la guerra ni con el Cáucaso.

Después de uno de esos momentos de silencio que suelen interrumpir a veces las conversaciones más animadas, Boljov me miró risueño.


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