Cuentos populares

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—Pues yo le diré —observó Trosenko—, que, de cualquier modo que se echen las cuentas, siempre resulta que el militar no tiene ni para comer; pero, en realidad, todos vivimos, tomamos té, fumamos y bebemos vodka. Cuando lleve tanto tiempo de servicio como yo —prosiguió, dirigiéndose al alférez—, aprenderá a vivir. ¿Saben ustedes, señores, cómo trata a sus asistentes? —y Trosenko, muerto de risa, nos relató la historia del alférez y su asistente, a pesar de que la habíamos oído miles de veces—. ¿Por qué te has puesto como una amapola? —dijo al alférez, que había enrojecido, sudaba y sonreía con una cara que daba pena verlo—. No te preocupes, amigo, también yo he sido como tú, y ahora soy un valiente. ¡Qué viniera al Cáucaso alguno de esos muchachos de Rusia, ya hemos tenido ocasión de verlos; no tardarán en padecer de reumatismo y espasmos; en cambio, yo me he establecido aquí y me encuentro como en casa, como en mi propia cama! Ya ven… —al decir estas palabras apuró otra copa de vodka—. ¿Eh? —añadió mirando fijamente a los ojos de Kraft.






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