Cuentos populares
Cuentos populares —¿En Dargo? —exclamó el infante, levantándose y sacudiendo la pipa. De nuevo entornó los ojos y moviendo la cabeza dijo—: ¡Aquello fue tremendo!
Y el soldado se alejó.
—¿Quedan aquà muchos de los que estuvieron en Dargo? —pregunté.
Pues Jdanov, yo, Patzan, el que está de permiso ahora, y otros seis. No creo que haya más.
—Parece que Patzan ha echado una cana al aire aprovechándose de su permiso —observó Chikin, extendiendo las piernas y apoyando la cabeza en un tronco—. Pronto va a hacer un año que está ausente.
—Y tú, ¿has tomado algún permiso? —le pregunté a Jdanov.
—No, no lo he hecho nunca —contestó de mala gana.
—Es agradable tomarse unas vacaciones —dijo Antonov—, cuando se es de una familia rica o cuando se tienen fuerzas para trabajar. Entonces es halagüeño y, además, la familia se alegra.
—¿Para qué va uno a ir a su casa cuando no tiene más que un hermano que apenas puede mantenerse? No se va a ocupar del soldado. Al cabo de veinticinco años, ni sabe uno si vive.
—¿No le escribe? —pregunté.