Cuentos populares
Cuentos populares De esta manera viví hasta los treinta años, alimentando como una obsesión la idea del matrimonio y de la familia. Observé a todas las jóvenes casaderas de la comarca, y pese a ser un vicioso y un libertino, me atrevía a buscar aquella cuya pureza podría convenirme. Al cabo, fijé mis miradas en una de las dos hijas de un hacendado de Penza, hombre que había sido rico en otros tiempos y luego se había arruinado. A decir verdad, me atraparon y caí en una ratonera. La madre, pues el padre había muerto, me preparó una porción de emboscadas, y en una de ellas caí; fue en un paseo en barca. Una noche, al regresar de uno de esos paseos, con la hermosa claridad de la luna iluminándonos y a punto de llegar al término del viaje, estaba sentado a su lado y no podía apartar la mirada de su esbelto talle, de las formas que hacía resaltar un jersey muy ceñido y de los sedosos bucles de sus cabellos rubios. Y lo comprendí de pronto, era ella la elegida.
Se me figuró que mis pensamientos y mis sentimientos elevados encontraban un eco en ella, cuando en realidad no estaba seducido más que por su talle y su cabello, y aparte de esto, la intimidad de todo el día había hecho germinar en mí el deseo de otra intimidad aún mayor. Desbordándose del alma impresiones exquisitas, y convencido de que aquella joven era la perfección personificada, la creí digna de ser inmediatamente mi esposa. Al día siguiente hice mi petición matrimonial.