Cuentos populares
Cuentos populares HacĂa una noche muy agradable, habĂan venido los mejores jugadores y jugábamos a los bolos. El teniente O***, el alfĂ©rez D*** y yo perdimos por turno dos partidos y, con gran alegrĂa y regocijo de los espectadores —oficiales, soldados y asistentes que nos miraban desde sus tiendas— llevábamos dos veces a los vencedores montados sobre nuestras espaldas de un extremo a otro de la explanada. ResultĂł especialmente divertida la posiciĂłn del corpulento capitán Sh***, que sofocándose, sonriendo bondadosamente y arrastrando los pies por el suelo, pasĂł montado sobre el pequeño y endeble teniente O***. Era tarde ya; los asistentes trajeron tres vasos de tĂ© sin platillos para los seis y, al terminar el juego, nos acercamos a los bancos. Junto a Ă©stos se hallaba un desconocido: era un hombrecillo de mediana estatura y de piernas torcidas. Llevaba pelliza y gorro de piel blanca de cordero. Mientras nos acercábamos, se quitĂł y se puso varias veces el gorro con gesto indeciso y varias veces hizo ademán de dirigirse a nosotros. Finalmente, decidiendo al parecer que ya no era posible seguir inadvertido, se descubriĂł y, pasando a nuestro lado, se acercĂł al segundo capital Sh***.
—¡Ah Guskantini! ÂżQuĂ© hay, padrecito? —le dijo Sh***, que aĂşn seguĂa sonriendo bondadosamente, por haber montado a hombros del teniente O***.