Cuentos populares

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Guskantini, como se llamaba Sh***, se cubrió e hizo ademán de meter las manos en los bolsillos de su pelliza, pero por el lado que yo veía no había bolsillo y su pequeña mano colorada quedó en una posición torpe. Quise saber quién era aquel hombre (¿Un junker o un degradado?); y, sin darme cuenta de que mi mirada (la mirada de un oficial desconocido) lo turbaba, examiné atentamente su traje y su aspecto. Representaba unos treinta años. Sus redondos ojillos grises asomaban, adormilados y al mismo tiempo inquietos, por debajo del gorro blanco y sucio que le caía por la frente. La nariz, gruesa e irregular, entre las mejillas, revelaba una delgadez enfermiza, inverosímil. Los labios, apenas cubiertos por un rubio bigote ralo y suave, se movían incesantemente como tratando de adoptar tal o cual expresión. Pero, sin llegar a precisar ninguna, su rostro reflejaba principalmente miedo y apuro. Una bufanda de lana verde cubría su delgado cuello surcado de venas y se ocultaba por debajo de la pelliza, corta y raída, con cuello de piel de conejo y con bolsillos interiores. Llevaba pantalones a cuadros de color ceniza y botas de caña corta, como las que llevan los soldados.

—No se moleste, por favor —le dije, cuando, al mirarme tímidamente, volvió a descubrirse.



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