Cuentos populares

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Cuando terminó la partida, ganando el bando en el que se encontraba el degradado, y tuvo que montar a hombros de uno de nuestros oficiales, del alférez D***, éste enrojeció y, retirándose hacia los bancos, le ofreció cigarrillos en sustitución del paseo. Mientras preparaban el glintvein, y en la tienda de los asistentes Nikita se afanaba tirando tan pronto de un extremo como de otro de los bajos de la lona y daba órdenes para que trajeran canela y clavo, nos instalamos todos en los bancos y, bebiendo por turno de los tres vasos, contemplamos la llanura donde empezaba a oscurecer, y riéndonos comentamos la partida. El desconocido de la pelliza no intervino en la conversación, se negó rotundamente a tomar el té que yo le ofrecí varias veces y, sentado en el suelo al estilo tártaro, liaba uno tras otro cigarrillos de tabaco menudo, sin duda no tanto por el placer que le suponía, como por aparentar que se ocupaba en algo. Cuando se habló de que se esperaba para el día siguiente la orden de retirarse, y tal vez un combate, el desconocido se puso de rodillas y, dirigiéndose sólo al segundo capitán, le dijo que acababa de estar en la tienda del ayudante donde había escrito en persona la orden de retirarse al día siguiente. Todos callamos mientras habló y, a pesar de su evidente azoramiento, le obligamos a repetir aquella noticia, interesantísima para nosotros. Repitió lo que había dicho y añadió que se hallaba en la tienda del ayudante, donde vivía, cuando trajeron la orden.


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