Cuentos populares
Cuentos populares El ayudante nos saludó a todos, excluyendo a Guskov, y se sentó a mi lado en el sitio que éste habÃa ocupado antes. Paviel Dimitrievich, ese jugador siempre sereno, pausado, de carácter firme y que poseÃa dinero, era en este momento un hombre completamente distinto al que conocà en su época afortunada; parecÃa tener prisa, examinaba a todos los presentes sin cesar y, antes que pasaran cinco minutos, él, que últimamente se negaba a jugar, propuso al teniente O*** organizar una partida. Éste se negó bajo el pretexto de que tenÃa que hacer algo; en realidad, era porque sabÃa que a Paviel Dimitrievich le quedaban pocas cosas y poco dinero, y consideraba insensato arriesgar sus trescientos rublos contra cien o tal vez menos, que hubiera podido ganar.
—Paviel Dimitrievich, se dice que mañana salimos. ¿Es cierto? —preguntó el teniente, que, sin duda deseaba librarse de un segundo ruego.
—No lo sé —replicó Paviel Dimitrievich—. Sólo ha llegado la orden de que estemos preparados. Ande, vamos a jugar una partidita; pongo en prenda mi caballo.
—No, hoy no…
—Y si no quiere, jugamos a dinero ¿eh?
—Es que yo… AceptarÃa de buena gana, desde luego, pero tal vez mañana empiecen las operaciones; hay que descansar —dijo el teniente O***.