Cuentos populares

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El ayudante se levantó y, poniendo las manos en los bolsillos, empezó a recorrer la explanada. Su rostro adoptó su habitual expresión de frialdad y cierta altivez que me gusta en él.

—¿Quiere una copita de glintvein? —pregunté.

—Bueno —repondió, dirigiéndose a mí; pero Guskov cogió apresuradamente la copa de mis manos y se la tendió al ayudante, procurando mi mirarle. Sin reparar en la cuerda que sostenía la lona de la tienda, tropezó y, soltando la copa, cayó sobre las manos.

—¡Diablos! —exclamó el ayudante, que ya había tendido la mano para coger la copa.

Todos se echaron a reír; sin excluir a Guskov, el cual se frotó una de sus delgadas rodillas, que se había golpeado al caer.

—Me ha servido como el oso al ermitaño —continuó el ayudante—. Así lo hace todos los días. Ha arrancado todas las estacas de la tienda; no hace más que tropezar.

Guskov, sin escuchar al ayudante, se excusó ante nosotros y me miró con una triste sonrisa casi imperceptible, con la que parecía decir que yo era el único que lo entendía. Tenía un aspecto lastimoso; pero el ayudante que lo protegía estaba irritado contra él y no quería dejarlo en paz.

—¡Qué hábil es este muchacho! Es increíble.


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