Cuentos populares

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Cuando le ordené que nos sirviera la cena y un poco de vodka allí en la explanada, rezongó descontento y se fue a su tienda, donde volvió a refunfuñar. No obstante, nos trajo una bandeja con una vela encendida y un papel puesto a modo de pantalla para protegerla del viento; una olla, un tarrito de mostaza, un vaso de metal con asa, una copa y una botella de vodka. Una vez que lo hubo dispuesto todo, Nikita permaneció junto a nosotros durante un ratito, mirando cómo bebíamos, lo que por lo visto le resultó muy desagradable.

A la luz mate de la vela, que se filtraba a través del papel, sólo se veía la bandeja de piel de foca, la cena dispuesta encima de ella, la pelliza, el rostro y las pequeñas manos coloradas de Guskov que cogían los vareniki de la olla. En torno nuestro, todo estaba en tinieblas y se podía distinguir la batería, la negra figura del centinela, junto al parapeto, las llamas de las hogueras a los lados y, por encima de nosotros, las estrellas rojizas. Guskov sonreía imperceptiblemente, triste y avergonzado, como si le fuera violento mirarme a los ojos después de su confesión. Tomó otra copa de vodka y comió con voracidad, rebañando la olla.

—Sea como sea, es un alivio para usted su conocimiento con el ayudante —le dije, por decir algo—. Tiene fama de ser buena persona.


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