Cuentos populares
Cuentos populares —Sà —me contestó el degradado—; es buena persona, no se le puede pedir más, teniendo en cuenta su instrucción —pareció cubrirse de rubor de pronto—. ¿Ha notado usted sus bromas? Habrá usted observado el mal gusto de sus bromas cuando se referÃa al «secreto» —y a pesar de que yo procuré varias veces cambiar de tema, Guskov empezó a disculparse, diciéndome que no habÃa huido al llevar el «secreto» y que no era cobarde como lo habÃan querido dar a entender el ayudante y el capitán Sh***—. Como ya le he dicho —continuó mientras se limpiaba las manos en la pelliza— estos seres asà no pueden mostrarse delicados hacia un hombre…, hacia un soldado que tiene poco dinero; eso está por encima de ellos. Durante los últimos tiempos, como desde hace cinco meses no recibo nada de mi hermana, he notado que han cambiado mucho hacia mÃ. Esta pelliza que me vendió un soldado y que no abriga, porque está muy usada (al decir esto me mostró los faldones sin forro), desgraciadamente no les inspira lástima ni respeto, sino desprecio, que no son capaces de disimular. Por grande que sea mi necesidad, como lo es actualmente, que me veo obligado a comer el rancho de los soldados y no tengo qué ponerme —prosiguió Guskov con el ceño fruncido, mientras se escanciaba otra copa— no se le ocurrirá al ayudante ofrecerme dinero prestado, aunque sabe que se lo devolverÃa, sino que espera que yo se lo pida. Ya puede comprender lo que esto supone para mÃ, tratándose de él precisamente. Por ejemplo, a usted, le dirÃa sin ambages… Usted está muy por encima de eso… Amigo mÃo: estoy sin un céntimo Y se lo digo sencillamente —añadió, mirándome de pronto a los ojos con expresión desesperada—, me encuentro en una situación terrible: ¿Puede usted prestarme diez rublos de plata? Mi hermana tiene que mandarme dinero con el próximo correo y mi padre…