Cuentos populares

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Sin embargo, el capitán me dio los diez rublos, mandó al ordenanza que guardara el cofre y, repitiendo; «Si lo hubiera sabido no se los daría», ocultó la cabeza debajo de la manta.

—Recuerde que ahora me debe treinta y dos —me gritó.

Cuando salí, Guskov paseaba junto a los bancos. Su pequeña figura de piernas torcidas, con el feo gorro de larga piel blanca, aparecía y se ocultaba en la oscuridad, según pasaba ante la vela. Hizo como que no me veía. Le entregué el dinero. Me dijo: merci; y arrugando el billetito, lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—Supongo que el juego de Paviel Dimitrievich estará en su apogeo en este momento —dijo después.

—Sí, probablemente.

—Juega de un modo extraño: nunca se retira. Eso está bien cuando uno va ganando, pero de otro modo se puede perder muchísimo. Además lo ha demostrado. En esta campaña, teniendo en cuenta los objetos, ha perdido más de mil quinientos rublos. Durante el juego, su actitud solía ser tan serena que ese oficial de ustedes parece haber dudado de su honradez.

—Lo dice sólo… Nikita, ¿no quedará un poco de hijir? (vino sin fermentar) —pregunté sintiéndome aliviado por la locuacidad de Guskov.


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