Cuentos populares

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Nikita volvió a refunfuñar, pero nos traje el chijir y de nuevo miró furibundo al degradado cuando éste hubo apurado su copa. Observé en Guskov la desenvoltura de antaño. Deseaba que se fuera cuanto antes y parecía que también él lo deseaba; pero le violentaba hacerlo inmediatamente después de haber conseguido el dinero. Permanecí callado.

—¿Cómo se ha decidido usted, alegremente, a venir al Cáucaso, poseyendo medios y sin que le obligara a ello ninguna necesidad? —me preguntó.

Traté de explicarle este asunto mío, que tan extraño le parecía.

—Me figuro lo penoso que debe de ser también para usted tratar con esos oficiales sin conocimiento ni cultura. Es imposible entenderse con ellos. Aunque se pase uno aquí diez años no verá nada más que cartas y vino, ni oirá hablar más que de condecoraciones y de batallas.

Me resultaba desagradable que quisiera hacerme compartir a la fuerza su punto de vista; le aseguré con toda sinceridad que me gustaban mucho las cartas, el vino, las charlas acerca de las campañas y que no podía desear mejores compañeros que los que tenía; pero no quería creerme.


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