Cuentos populares

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Como ocurre siempre en Suiza, la mayoría de los huéspedes era ingleses. Por eso, en aquella mesa común reinaba la austera reserva exigida por la etiqueta, que no se basa en el orgullo, sino en la falta de necesidad de comunicarse. Por doquier veíanse encajes y cuellecitos, de un blanco deslumbrador; blanquísimas dentaduras naturales o postizas; rostros y manos blancos como la nieve. Pero estos rostros, muchos de ellos hermosos, no expresan sino la conciencia del propio bienestar y una indiferencia absoluta por todo lo que los rodea, por todo lo que no tiene relación directa con sus personas; las blanquísimas manos, cubiertas de anillos, se mueven sólo para reglar los cuello, cortar la carne y escanciar vino en las copas; pero esos movimiento no reflejaban ninguna emoción anímica. Los miembros de alguna familia cambian, de cuando en cuando, unas palabras a media voz, para comentar el sabor de tal o cual manjar, tal o cual vino, o bien la belleza del paisaje que se domina desde el monte Righi. Los viajeros solitarios de uno y otro sexo permanecen sentados en silencio, junto a otros, sin mirarse siquiera. Si dos de las cien personas presentes hablan entre sí es, desde luego, acerca del tiempo y del maravilloso monte Righi. Apenas se oye el roce de los cubiertos en los platos: los comensales se sirven poco de cada majar y comen guisantes y verduras; los camareros, influidos por el silencio general, preguntan en voz baja: «¿Qué clase de vino desean los señores?». Siempre que asisto a una comida de esta índole, me encuentro apesadumbrado, molesto y, hacia el final, me invade la tristeza. Es como si fuera culpable de algo y me hubieran castigado. Lo mismo que en mi infancia cuando, por una travesura cualquiera, me sentaban en una silla, diciéndome irónicamente: «Descansa, querido», y yo sentía correr mi sangre joven por las venas y oía los alegres gritos de mis hermanos desde la habitación contigua. Antes procuraba rebelarme contra la sensación de ahogo que me producían esas comidas; pero era en vano. Esos seres inexpresivos ejercen sobre mí una influencia invencible y me vuelvo igual que ellos. No deseo nada; no pienso, ni siquiera observo. Al principio, traté de entablar conversación con mis vecinos; pero las únicas respuestas que obtuve fueron unas frases que, sin duda, se repiten miles de veces en el mismo sitio y siempre con la misma expresión. Sin embargo, estas personas no son estúpidas ni insensibles; y lo más probable es que la mayoría de ellas tengan una vida interior como la mía y algunos más compleja e interesante. ¿Por qué se privan, entonces, del mayor placer de este mundo, el placer de disfrutar unos de otros?


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