Cuentos populares
Cuentos populares ¡Qué diferencia con nuestra pensión de París! Allí nos reuníamos veinte personas de diversas nacionalidades, profesiones y caracteres; y, bajo la influencia de la sociedad francesa, acudíamos a la mesa común como a una diversión. Inmediatamente, la conversación, salpicada de bromas y juegos de palabras, se hacía general, aunque a menudo el idioma fuera diferente. Cada cual expresaba lo que se le ocurría sin preocuparse de cómo lo iba a decir. Teníamos a nuestro filósofo, nuestro discutidor, nuestro bel esprit; todo era común. En cuanto acabábamos de comer, solíamos retirar la mesa y, llevando el compás o sin llevarlo, bailábamos una polca por la alfombra cubierta de polvo. Aunque algunos eran ligeros de cascos; otro, de escasa inteligencia, y otros, señores respetables, todos éramos personas, tanto la condesa española, con sus románticas aventuras, como el abate italiano, que después de comer declamaba La Divina Comedia; el doctor americano, admitido en las Tullerías; el joven dramaturgo de largos cabellos; la pianista que aseguraba haber compuesto la mejor polca del mundo y la hermosa y desconsolada viuda, que llevaba tres sortijas, en cada dedo. Aunque de modo superficial, todos nos tratábamos humana y amistosamente; y nos llevábamos los unos de los otros un recuerdo agradable e incluso sincero y cordial. En cambio, cuando me encuentro ante una mesa en torno a la cual se reúnen ingreses y contemplo esos encajes, cintas, anillos y vestidos de seda, pienso cuántas mujeres serían felices y proporcionarían la dicha a otros con estas cosas. Es extraño pensar que tal vez estos seres que están sentados unos junto a otros, ignorándose, podrían llegar a ser amigos inmejorables y felices amantes, Sólo Dios sabrá por qué jamás se concederán la felicidad que está en sus manos y que anhelan con tanto ardor.