Cuentos populares

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Pero ni el hecho de haber pedido champaña, ni mi fingida altanería impresionaron al camarero. Permaneció mirándonos un instante con una sonrisa; luego, consultó su reloj de oro y abandonó la sala sin apresurarse, como si paseara. No tardó en volver con una botella de vino, acompañado de otros dos camareros. Éstos se sentaron junto a la criada y nos observaron, divertidos, con una sonrisa benévola, como suelen contemplar los padres a sus hijos cuando juegan. Sólo la criada parecía mirarnos compasivamente y sin ironía. Aunque me resultaba desagradable obsequiar al cantor bajo las miradas de los camareros, me esforcé en cumplir mi cometido de la manera más desenvuelta. En la sala había buena luz y pude examinar mejor al tirolés. Era un hombre diminuto, casi un enano, aunque proporcionado y musculoso. Tenía recios cabellos negros cortos, pequeñas patillas, grandes ojos negros, lacrimosos y desprovistos de pestañas; y una boca pequeña, que se plegaba en expresión dulce y agradable. Su sencillo traje estaba sucio y roto. Por sus trazas —estaba curtido y desaliñado— más bien tenía aspecto de un pobre vendedor que de un artista. Sin embargo, había algo conmovedor y original en su boca y en sus ojos brillantes y siempre húmedos. Se le hubieran podido suponer de veinticinco a cuarenta años; en realidad, tenía treinta y ocho.



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