Cuentos populares

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He aquí lo que me contó de su vida, con evidente franqueza y buena voluntad. Era natural de Argovia. Siendo niño, había perdido a sus padres. Nunca había tenido medios de fortuna. Había aprendido el oficio de ebanista; pero veintidós años atrás, una enfermedad le había atacado los huesos de un brazo, privándole de la posibilidad de trabajar. Desde pequeño había sido aficionado al canto; así, pues empezó a cantar. Los extranjeros solían darle algo de dinero. Llegó a ser un profesional; se compró una guitarra y, desde hacía diecisiete años, recorría Suiza e Italia, cantando ante los hoteles. Su equipaje consistía en una guitarra y un portamonedas, en el que, en aquel momento, tenía tan sólo un franco y cincuenta céntimos, que gastaría en cenar y en dormir aquella noche. Cada año recorría los lugares más frecuentados de Suiza: Zurich, Lucerna, Interlaken, Chamonix, etcétera. Se iba a Italia por el monte de San Bernardo y volvía por el San Gotardo o por Saboya. A la sazón, se le hacía penoso andar, porque, debido al frío, sentía un dolor en las piernas, que llamaba gliederzucht. Ese dolor iba en aumento cada año; además, sus ojos y su voz se volvían más débiles. No obstante, en aquel momento se disponía a irse a Interlaken, Aix-les-Bains e Italia, país al que quería particularmente. Parecía estar muy satisfecho de su vida. Le pregunté por qué no volvía a su pueblo y si tenía allí algún pariente, casa o un poco de tierra. Frunció la boca, esbozando una sonrisa jovial.


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