Cuentos populares
Cuentos populares A continuación, dijo una frase muy embrollada y maliciosa, que debÃa de significar que yo era un buen hombre.
—Je ne vou dis que ça —concluyó.
Seguimos charlando y bebiendo; y los camareros continuaron mirándonos, sin disimular su ironÃa. A pesar del interés que tenÃa para mà nuestra conversación, no podrÃa por menos de notarlo; y me irritaba cada vez más. Uno de ellos se levantó y, acercándose al hombrecillo, le miró la coronilla con una sonrisa, Yo tenÃa un acopio de ira contra los huéspedes del Schweizerhof, que aún no habÃa podido descargar; y confieso que los camareros me excitaban.
En aquel momento entró el portero y, sin quitarse la gorra, se sentó a mi lado, acodándose en la mesa. Esto último hirió mi amor propio y mi orgullo, haciendo estallar la ira que habÃa ido almacenando durante la noche. ¿Por qué el portero me saludaba inclinándose humildemente al verme solo y, en cambio, en aquel momento, porque estaba en compañÃa de un cantante callejero, se sentaba con insolencia junto a mÃ? Sentà que me embargaba la ira de la indignación, esa ira que aprecio y que incluso incito, porque obra en mà de una manera apaciguadora y me da, al menos, para cierto tiempo, una especie de elasticidad, energÃa y fuerzas para mis capacidades fÃsicas y morales. Me levanté de un salto.