Cuentos populares

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—Cómo…, ¿en casa?… ¿morir en casa? —repuso la enferma muy asustada. La palabra «morir» le causaba un visible espanto, pues se quedó extática frente al marido, en actitud de súplica. Él bajo los ojos y calló. La boca de la enferma se contrajo ingenuamente, y de sus dos grandes ojos comenzaron a rodar las lágrimas. El marido se cubrió el rostro con el pañuelo, y se alejó del coche sin decir palabra.

—¡No, yo iré de todos modos! —repetía la pobre tísica, levantando los ojos al cielo; cruzó las manos y balbuceó con voz entrecortada—: Padre Eterno, ¿qué crimen he cometido para que me castigues de este modo? —Y de sus ojos corría el llanto cada vez más abundante. Rezó largo tiempo ardorosamente. Pero el dolor arreciaba, oprimíale paulatina, pero fatalmente, el pecho.

El cielo, el camino, la campiña, todo era gris, sombrío aquel día. Y aun la niebla, ni más espesa ni más transparente, caía sobre los tejados, sobre los carruajes y sobre los basteados abrigos de pieles de los aurigas, quienes entre francas charlas de vocablos malsonantes enjaezaban las bestias.

El coche estaba listo. Pero el postillón no aparecía. Había entrado en la choza de los cocheros, donde hacía un calor sofocante. Estaba oscura y olía a pan recién cocido, a coles y a piel de carnero.


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