Cuentos populares

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Varios cocheros charlaban en la estancia, mientras la cocinera iba y venía muy atareada alrededor de la estufa. Sobre la campana de la estufa, en un descanso a manera de lecho, estaba un enfermo, echado entre pieles de carnero.

—¡Tío Fedor, óigame, tío Fedor! —gritó desde abajo un mozalbete, cochero también, que lucía abrigo de pieles y un látigo encajado entre los pliegues del cinturón, y que acababa de entrar en la fonda.

—¡Ea, buen chico, deja en paz a Fedor! —dijo uno de los otros cocheros—. ¿No ves que te están esperando en el carruaje?

—¡Quería pedirle sus botas! —respondió el mozo, y al decir esto sacudió las melenas y se metió los guantes bajo el cinturón—. ¿Dónde duermes, tío Fedor? —insistió cada vez más cerca de la estufa.

—¿Qué cosa dices? —inquirió una voz débil a tiempo que se asomaba desde lo alto de la campana el rostro demacrado y calenturiento de un hombre que, con mano enflaquecida y llena de vello, tiró del abrigo de jerga sobre un hombro anguloso, cubierto tan sólo con una camisa sucia. Dame qué beber, hermano. ¿Qué deseabas?

El mozo le tendió un jarro de agua.


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