Cuentos populares
Cuentos populares —QuerÃa decirte una cosa, Fedia, —comenzó con reticencia—. Yo me figuro que tú no vas a necesitar ya tus botas nuevas. ¿Por qué no me las regalas?, ¡al fin que tú ya no has de caminar, tÃo Fedor!…
El enfermo bebÃa con la cara pegada al luciente jarro, bebÃa con avidez exasperante, mojándose los mostachos hirsutos. Con marcada dificultad levantó la barba sucia y los ojos hundidos para mirar a su interlocutor. Al desprenderse del jarro quiso levantar el brazo para enjugarse los labios; pero no pudo: se limpió con la manga del abrigo de jerga.
Respiraba pesadamente por la nariz y contemplaba con fijeza al joven cochero, haciendo esfuerzos para hablar.
—¿Se las has ofrecido a alguien acaso de balde? Te las pido porque está lloviendo afuera y tengo que ira trabajar. Dime la verdad, tÃo Fedor, ¿las necesitas?
En el pecho del enfermo se oyó un ruido sordo, y al voltearse le acometió fuerte tos casi se ahogaba.