Cuentos populares

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—¡Cómo las ha de necesitar! ¿No ves que hace dos meses que no baja de su rincón? —gritó de repente la cocinera, y su cólera resonó estruendosa por todo el aposento—. De tal modo sufre que siento que se me desgarran mis propias entrañas solamente de oír sus quejas. Para qué diablos habrá de necesitar ya sus botas. Con botas no le habrán de enterrar… Por más que, con perdón de Dios, ya seria tiempo… Miren ustedes cómo se desgarra los pulmones al toser.

Habría sido prudente transportarle a alguna otra parte. Parece que en la ciudad vecina hay hospitales: allí estaría mejor, porque aquí nos ocupa espacio y no deja de acusar molestias. ¡Y se atreven todavía a pedirme limpieza!

—¡Ea, Serioga, date prisa, que los señores te están esperando! —gritó desde la puerta el posadero. Serioga quiso marcharse sin obtener respuesta del enfermo; pero éste, víctima del ataque de tos, le hizo comprender con ojos y manos que deseaba hablarle. Tras breves instantes de reposo—: Puedes llevarte las botas, Serioga —dijo ahogándose—. Pero con la condición de que habrás de comprar una piedra y mandarla colocar sobre mi tumba cuando me muera —agregó con voz cada vez más hueca y apagada.

—Muchas gracias, tío Fedor. Entonces me las llevo; claro que compraré la piedra, descuide.


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