Cuentos populares

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—¿Han oído, muchachos? —insistió penosamente el enfermo, y comenzó a toser con más fuerza.

—Sí, sí, hemos oído —contestó uno de los cocheros.

—Por Dios, Serioga: mira, allí viene otra vez el posadero a buscarte. Dicen que la dama de Shirkinsk se ha puesto muy grave. Serioga se descalzó precipitadamente sus botas viejas, demasiado grandes, y las arrojó debajo del banco.

Las botas del tío Fedor le quedaban a las mil maravillas, y las miraba y remiraba complacido, mientras a toda prisa se dirigía hacia el coche.

—¡Hombre, que botas te has comprado! —exclamó en el camino otro cochero—. ¡Dámelas, te las engrasaré! —agregó con la untura en la mano.

Serioga, sin hacer, caso, saltó al Pescante Y empuñó las riendas.

—Oye, ¿es cierto que te las regaló?

—¡Envidioso! —exclamó Serioga, mientras se envolvía las piernas con los largos faldones de su abrigo volvía las piernas con los troncos—: ¡Hola, preciosos! —dijo, y levantó el látigo en el aire.

Arrancaron los dos coches, y viajeros, baúles y aurigas se perdieron entre la bruma otoñal.


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