Cuentos populares
Cuentos populares Volvió a las seis de la mañana y, según costumbre, pasó al cuarto de aseo; pero, en lugar de desnudarse, se sentó o, mejor dicho, se dejó caer en una butaca… Poniendo las manos en las rodillas, permaneció en esa actitud cinco, diez minutos, quizás una hora. No hubiera podido decirlo.
«El siete de corazones», se dijo, representándose el desagradable hocico de su contrincante, que, a pesar de ser inmutable, había dejado traslucir satisfacción en el momento de ganar.
—¡Diablos! —exclamó.
Se oyó un ruido tras de la puerta. Y apareció su esposa, una hermosa mujer, de cabellos negros, muy enérgica, con gorrito de noche, chambra con encajes y zapatillas de pana verde.
—¿Qué te pasa? —dijo, tranquilamente; pero, al ver su rostro, repitió— ¿Qué te pasa, Misha? ¿Qué te pasa?
—Estoy perdido.
—¿Has jugado?
—Sí.
—¿Y qué?
—¿Qué? —repitió él, con expresión iracunda—. ¡Que estoy perdido!
Y lanzó un sollozo, procurando contener las lágrimas.