Cuentos populares
Cuentos populares —En cuanto llegó a Moscú aquel individuo, que se apellidaba Troukhatchevsky, nos hizo una visita. Era por la mañana y lo recibà yo. En tiempos pasados nos habÃamos tuteado, y empezó empleando el usted y el tú, pero con más frecuencia el último, pero como yo no me apartaba del primero, tubo que comprender que yo no querÃa familiaridades. Desde el primer momento me resultó simpático. Comprendà que era un libertino desenfrenado, y tuve celos de él antes de que llegase a ver a mi mujer, pero —¡cosa extraña!— una fuerza fatal, invencible, hizo que no le despidiese, sino que por el contrario le admitiese en mi casa. Me habrÃa costado muy poco trabajo cambiar con él unas pocas palabras, alejarlo con mi frÃo recibimiento y evitar presentárselo a mi esposa, ¡pero no! Le hablé de música y del violÃn y me contestó que sentÃa mucho que se dijese que habÃa dejado de tocar, porque lo hacÃa con más afición que nunca. Me recordó entonces que yo también tocaba en otros tiempos, y le respondà que hacÃa mucho que habÃa renunciado a la música, pero que en cambio mi mujer le tenÃa mucha afición.