Cuentos populares
Cuentos populares Es preciso fijarse en el hecho de que, en ciertas fases importantes de nuestra existencia, aquéllas en que se decide la suerte de un hombre, como se decidió la mía en semejante día, no hay ni pasado ni futuro. Mis relaciones con Troukhatchevsky fueron tales desde el primer momento, como habrían podido serlo después del acontecimiento. Tenía el presentimiento de que iba a ocurrir una gran desgracia de la que él sería el causante; y a pesar de esto no pude por menos de mostrarme amable con él, y le presenté a mi mujer que se alegró desde el principio, pensando sin duda que en adelante ya tenía quien le acompañase al piano con el violín. Era tanto lo que esto la agradaba, que de buena gana habría tomado a sueldo a un violinista de la orquesta de un teatro. Después de fijar en mí sus miradas, comprendió mi pensamiento y disimuló sus impresiones. Entonces empezaron las mentiras mutuas. Sonreí con mucha amabilidad, como aparentando que aquello me agradaba mucho.
Contempló a mi esposa como todos los calaveras miran a las mujeres hermosas, y fingió que nuestra conversación, que maldito el interés que tenía para él, le agradaba mucho. Por su parte, mi mujer quiso aparentar la mayor indiferencia, pero estaba excitada por la malignidad de la mirada del violinista y por la expresión celosa que yo quería ocultar, haciendo grandes esfuerzos, tras una sonrisa amable, pero que ella leía en mi rostro.