Cuentos populares

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Me despertó un golpe que dieron en la puerta. Me desperté creyendo que me iba a encontrar con la policía, puesto que había cometido un asesinato, y procuré desperezarme. Tal vez fuesen a decirme que no había ocurrido nada. Llamaron una vez más y no contesté, preguntándome si habría sucedido algo o no. Si era cierta la resistencia del corsé… «Ahora me toca a mí matarme,» me dije. Reflexioné sobre ello, y sabía bien que no me atrevería. No obstante, me levanté y cogí el revólver; ¡cosa extraña! Me había pasado muchas veces por la cabeza la idea del suicidio, en el tren sobre todo, porque creía que así sería más rudo golpe para mi mujer, pero a la sazón no era capaz de matarme y hasta rechacé la idea. «¿Y por qué no había de hacerlo?», me pregunté, y no hallé la respuesta. Llamaron otra vez. «Veamos antes lo que sucede; tiempo que dará luego para todo,» me dije dejando el revólver sobre la mesa y colocando encima un periódico para ocultarlo. Me acerqué a la puerta y abrí. Era la hermana de mi mujer, viuda y simple.

—¿Qué es lo que ha pasado, Vassia? —me preguntó echándose a llorar, cosa que, por otra parte, hacía con mucha frecuencia.

—¿Qué quiere de mí? —contesté con rudeza, si bien comprendía que no tenía ninguna razón para mostrarme grosero, pero sin poder evitar hablarle en aquel tono.


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