Cuentos populares
Cuentos populares En efecto, el irritado diablillo fue hacia las eras, metióse entre las gavillas y trató de pudrirlas. Las calentó y con el calor se quedó dormido.
Iván aparejó su yegua y, acompañado de su hermana, fue en busca de sus haces. Llegó al montón en que se había dormido el diablillo, levantó dos gavillas con la horca y la metió justo por el trasero del diablillo.
—¡Dale con este bicho! ¿Aun andas por aquí?
—Yo soy otro —gruñó—. El que tú dices era un compañero mío. Yo estaba en casa de tu hermano Seman.
—Quienquiera que seas, no me importa; tendrás el mismo fin.
—Déjame —suplicó—. ¡No volveré más y te complaceré en lo que gustes!
—Y ¿qué puedes hacer tú?
—Puedo hacer soldados con cualquier cosa.
—Y ¿para qué sirve eso?
—Para lo que gustes: un soldado sirve para todo.
—¿Sabrán cantar?
—Sí.
—Pues, a ver cómo los haces.
—Toma esta gavilla de centeno —explicó el diablillo—. Sacude las espigas contra el suelo y di: «Mi esclavo manda que dejes de ser gavilla, y que cada una de tus espigas se trueque en soldados».