Cuentos populares

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Iván hizo lo que el diablejo le indicara; la gavilla se esparramó y los tallos se convirtieron en otros tantos soldados, que desfilaron al son de los clarines y al redoblar de los tambores.

Iván se echó a reír y exclamó:

—¡Esto si que es divertido! ¡Será la alegría de las mozas!…

—Bueno —dijo el diablillo— pero, ahora, suéltame.

—No, quiero rehacer mi haz para no perder mis granos. Enséñame el medio de cambiarlos otra vez en gavillas.

El diablo repuso entonces:

—Di: «Tantos soldados, tantas espigas. Mi esclavo manda que os volváis de nuevo gavillas».

Iván obedeció consiguiendo lo que apetecía.

El diablillo suplicó, nuevamente, le soltara. Iván lo dejó en el suelo, lo aguantó con una mano y con la otra le quitó la horca.

—¡Vete con Dios! —le dijo Iván; pero apenas hubo éste pronunciado tan dulce nombre, el diablillo se hundió en el suelo como una piedra en el agua, dejando un agujero como rastro de su paso.

Iván volvió a su casa; en ella encontró a su hermano Tarass con su mujer, que estaban cenando. Tarass el Panzudo no había podido cumplir con sus compromisos, y se refugiaba en casa de su padre.


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