Cuentos populares
Cuentos populares SÃ, estaba satisfecho. HabÃa sentido vergüenza en un principio. Luego habÃa pasado. Y todo habÃa resultado bien. Sobre todo, ahora se sentÃa tranquilo y animoso. Ni siquiera se habÃa parado a mirarla debidamente. Recordaba que era limpia, lozana, guapa y sencilla, sin afectación alguna. «¿Quién será? —se preguntaba—. Ha dicho que se llama Péchnikova. ¿Qué Péchnikova? Porque los Péchnikova tienen dos casas. Debe ser la nuera del viejo Mijailo. SÃ, seguramente. Porque su hijo vive en Moscú. Cuando venga la ocasión se lo preguntaré a Danila».
A partir de entonces desapareció aquel punto, que tan enojoso le era, de la vida en el campo: la forzosa abstinencia. No se turbaba ya la libertad de pensamiento de Evgueni, que podÃa dedicarse tranquilamente a sus asuntos.
Y los asuntos de que Evgueni se habÃa hecho cargo no eran nada fáciles: a veces pensaba que no conseguÃa sus propósitos y que acabarÃa por vender la finca, que todos sus esfuerzos resultarÃan vanos y sobre todo, que habrÃa sido incapaz de llevar a buen término la empresa. Esto era lo que más le inquietaba. Apenas lograba tapar un agujero, se abrÃa otro por donde menos los esperaba.