Cuentos populares
Cuentos populares Evgueni encontró a su madre alegre y contenta. Estaba haciendo grandes reformas en la casa y tenía el propósito de irse en cuanto él trajese a su joven esposa. Evgueni insistió en que se quedara y la cuestión quedó en el aire. Aquella tarde, según su costumbre, después del té María Pávlovna se puso a hacer solitarios. Evgueni la ayudaba. Era el momento de las conversaciones más intimas. Después de terminar un solitario y sin empezar otro, María Pávlovna miró a Evgueni y, un tanto vacilante, empezó así:
—Quería decirte una cosa, Zhenia. No sé nada, se comprende, pero en general, querría aconsejarte que antes de la boda pongas fin por completo a todos tus asuntos de soltero, para que luego no haya nada que pueda preocuparte ni, Dios nos libre, preocupar a tu mujer. ¿Me comprendes?
En efecto, Evgueni comprendió al momento que María Pávlovna aludía a sus relaciones con Stepanida, que habían cesado aquel otoño y a las que ella, como todas las mujeres solitarias, atribuían mucha más importancia de la que en realidad tenían. Evgueni se puso colorado, y no tanto e vergüenza como de disgusto de que la buena María Pávlovna se inmiscuyera, cierto que movida por su cariño, en cosas que no comprendía ni podía comprender. Dijo que no tenía nada que debería ocultar y que siempre había procedido en tal modo que nada pudiera ser un obstáculo para su boda.