Cuentos populares

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—Mamá —dijo de pronto Evgueni, sé a qué se refiere. No tiene motivos para inquietarse. Mi futura vida familia es para mí un santuario que no profanaré en ningún caso. Y lo que pudiera haber en mi vida de soltero ha acabado por completo. Nunca adquirí compromiso alguno con nadie, y nadie tiene sobre mí el menor derecho.

—Lo celebro —dijo la madre—. Conozco tus nobles ideas.

Evgueni tomó esas palabras de su madre como un merecido tributo a su persona y no dijo más.

A la mañana siguiente se dirigió a la ciudad con el pensamiento puesto en su prometida, en cualquier cosa que no fuese Stepanida. Pero como a propio intento, al acercarse a la iglesia, se tropezó con gente que entraba y salía del templo. Se encontró con el viejo Matvei, con Semión, con los chiquillos, unas mozas y dos mujeres casadas, una de cierta edad y la otra joven, muy engalanada, con un pañuelo rojo vivo y que le pareció conocida. La mujer caminaba con paso ligero y animoso, llevando un niño en brazos. Al juntarse, la de más edad se detuvo y le hizo un saludo al viejo estilo; la joven, la del niño, se limitó a inclinar la cabeza, y por debajo de pañuelo brillaron unos ojos familiares que sonreían alegremente.


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