Cuentos populares

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Mientras buscaba la medicina pasaron cinco minutos. Luego, al salir, no se decidió a ir a la choza para que no le viesen desde la casa. Pero, en cuanto se perdió de vista, dio vuelta y se dirigió a la cita. En su imaginación la veía ya en medio de la choza, sonriendo alegremente; pero no estaba y allí no había nada que recordase su presencia. Pensó que no había acudido, que no había oído ni entendido sus palabras. Gruñó para sus adentros, como temeroso de que pudiera oírle. «¿Y si no ha querido acudir? ¿Por qué me había imaginado que iba a echarse en mis brazos? Tiene a su marido. Yo sí que soy un miserable; tengo a mi mujer, que es buena, y voy tras otra». Así pensaba, sentado en la choza, cuya techumbre de paja dejaba pasar el agua. «¡Qué felicidad, si hubiese venido! Aquí, los dos solos, bajo esta lluvia. Abrazarla siquiera una vez más, y luego venga lo que venga. ¡Ah, sí! —recordó—. Si ha estado, encontraré algún rastro». Miró el suelo de la choza y el sendero, no invadido por la hierba, y descubrió huellas recientes de sus pies descalzos. «Sí, ha estado. Ahora se acabó. Donde quiera que la vea, me acercaré a ella. Iré de noche a verla». Permaneció un largo rato en la choza y salió allí extenuado y abatido. Llevó la medicina, volvió a casa y se tumbó en su cuarto, en espera de la comida.



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