Cuentos populares

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Se dirigió al recibimiento, se pudo la pelliza y las galochas y salió al portal. Sin él mismo darse cuenta, bordeando el jardín, sus pasos se dirigieron por el camino del campo, hacia la alquería. Allí seguía zumbando la trilladora y se oían los gritos de los chicos que acercaban la mies. Entró en el cobertizo. Estaba allí. La vio inmediatamente. Estaba recogiendo la paja y, al verle, riendo con los ojos, ágil y alegre, echó a correr al trote por la paja, separándola hábilmente. Evgueni no quería, pero no podía por menos mirarla. Se dio cuenta de las cosas sólo cuando ella desapareció de su vista. El administrador le informó que estaban trillando la mies escamada, por lo que el trabajo era mayor y daba menor rendimiento. Evgueni se acercó al tambor, que dejaba oír acompasados, sus golpes al pasar la mies, mal extendida, y preguntó si quedaban muchos de estos fajos.

Unas cinco carretadas.

Pues bien… empezó Evgueni, mas no terminó la frase.

Ella se había acercado al tambor que seguía tragando espigas, y le abrazó con su sonriente mirada.


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