Cuentos populares
Cuentos populares Esta mirada le habló de la alegre despreocupación del amor entre los dos, de que ella sabía que él la deseaba y había acudido al cobertizo; que, como siempre, estaba dispuesta a vivir y divertirse con él, sin pensar en las condiciones y consecuencias. Evgueni se sintió dominado por ella, pero no quería rendirse.
Recordó su oración y trató de repetirla. Empezó a recitarla para sus adentros, pero al instante advirtió que era inútil. Una idea le absorbía por completo: cómo, sin que nadie advirtiese, convenir la cita.
—¿Empezamos otra hacina si terminamos hoy, o la dejamos para mañana? —preguntó el administrador.
—Sí, sí —contestó Evgueni, dirigiéndose mecánicamente a la paja que ella y otra mujer estaban amontonando.
«¿Es que no puedo dominarme? —se dijo—. ¿Es que soy un hombre perdido? ¡Dios mío! Pero no hay Dios. Hay el diablo. Y el diablo es ella. Se ha apoderado de mí, y yo no lo quiero, no lo quiero. El diablo, sí, el diablo».
Se acercó hasta Stepanida, sacó el revólver del bolsillo y le disparó a la espalda, una, dos, tres veces. Ella dio unos pasos y cayó sobre el montón.
—¿Qué es esto, Dios mío? —gritaron las mujeres.
—No, no ha sido sin querer. La he matado deliberadamente —gritó Evgueni—. Id, buscad al comisario.