Cuentos populares
Cuentos populares Los invitados estaban ya dispuestos a retirarse y, a pesar de las palabras de Alberto, fueron saliendo todos del salón.
Alberto se despidió de la señora, tomó su sombrero ya muy usado, de anchas alas, un casacón viejo de verano, su único abrigo, y fue bajando con Delessov la escalinata.
Cuando Delessov se hubo sentado en el coche al lado de su nuevo amigo, y sintió el olor repugnante de vino y de sudor que despedía el músico, empezó a lamentar el acto que había llevado a cabo, reprochándose la infantil ternura de su corazón y su falta de conocimiento. Por otra parte, la conversación de Alberto era tan vulgar y tan falta de sentido, y el aire libre había puesto tan de relieve su borrachera, que Delessov empezó a sentir aprensión. «¿Qué haré con él?», pensó.
Al cabo de un cuarto de hora Alberto se reclinó, el sombrero rodó a sus pies y, acomodado en un rincón del coche, empezó a roncar. Las ruedas rechinaban con regularidad sobre la nieve; la luz de la aurora penetraba débilmente por los cristales del carruaje.