Cuentos populares

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V

—¿Ya queríais dormiros? —dijo Alberto sonriendo.

Estuve en casa de Anna Ivanovna; he pasado una velada agradable. Se tocó música; hubo para reírse; la reunión fue deliciosa. Permitidme que beba un poco —añadió cogiendo el jarro de agua que estaba encima de la mesa—; pero no es agua lo que deseo.

Alberto estaba como la víspera; la misma encantadora sonrisa en los labios, la frente despejada y los miembros débiles. El abrigo de Zakhar le caía admirablemente, y el cuello alto y limpio de la camisa de noche encuadraba de una manera pintoresca su cuello fino y blanco, dándole un aspecto señoril e inocente. Sentóse en la cama de Delessov y le miró en silencio con una sonrisa grata y alegre.

Delessov examinaba los ojos de Alberto, sintiéndose de nuevo atraído por el encanto de su sonrisa; olvidó el deseo de ser severo con él, y quiso, al contrario, distraerse, oír al músico y estar hablando amigablemente con él, aun hasta el amanecer. Delessov ordenó a Zakhar que trajese una botella de vino, algunos cigarros y el violín.

—¡Ah, de perlas! —dijo Alberto—. Aún es temprano, podemos tocar cuanto queráis.


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