Cuentos populares
Cuentos populares Trajo Zakhar con gran satisfacción una botella de Laffite, dos vasos, algunos cigarrillos de los que fumaba Delessov, y el violín. Pero en vez de acostarse como su amo le ordenó, encendió un cigarro y se sentó en la sala contigua.
—Mejor es que hablemos —dijo Delessov al músico, que tomaba ya el violín.
Alberto se sentó con cuidado en la cama y volvió a sonreír alegremente.
—¡Oh!, sí —dijo, dándose una palmada en la frente y tomando una expresión curiosa e inquieta, pues en la expresión de su cara se leía siempre lo que pensaba.
—Permitidme que os pregunte… —Detúvose un momento—. Este caballero que estaba con vos ayer noche… al que llamabáis N ¿no es el hijo del célebre N?
—Su propio hijo —respondió Delessov no comprendiendo lo que eso pudiera interesar a Alberto.
—Eso es —dijo sonriéndose con satisfacción—. Le reconocí al momento en sus modales particularmente aristócratas. Me gusta mucho la aristocracia, porque hay en ella elegancia y belleza. ¿Y aquel oficial que bailaba tan bien? —preguntó—; también me gustó mucho; parecía tan noble, tan alegre… Es el ayudante del campo N. N.
—¿Cuál? —preguntó Delessov.
—Aquél con quien tropecé cuando bailábamos.