Cuentos populares

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VI

Zakhar acercóse de nuevo al comedor. Delessov oyó la voz dulce de su criado y la voz débil y suplicante de Alberto.

—¿Qué hay? —preguntó Delessov a Zakhar.

—Dice que se aburre; no ha querido levantarse; está muy triste; no hace otra cosa que pedirme vino.

—No, me lo ha prometido; hay que tener energía —dijo Delessov. Prohibió dar vino al artista y se puso otra vez a leer, escuchando de todas maneras lo que pasaba en el comedor. Allí nada se movía, tan sólo de vez en cuando se oía una penosa tos de pecho seguida de expectoraciones. Pasaron dos horas; Delessov se vistió y antes de salir se decidió ir a ver a su huésped. Alberto estaba inmóvil, sentado cerca de la ventana, la cabeza apoyada entre las manos. Su cara estaba amarilla, arrugada, y no solamente triste, sino con señales de profunda desdicha. Trató de sonreír a guisa de saludo, pero su cara tomó una expresión aún más triste. Hubiérase dicho que iba a llorar; levantóse con gran trabajo y saludó.

—Si fuera posible obtener una copita de aguardiente —dijo con voz suplicante—. Os lo ruego, porque estoy muy débil.

—Os aconsejo que toméis café; os irá mucho mejor.


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